Esta bebida proviene de uno de los granos de café más consumidos a nivel mundial. Como su nombre lo indica, se cultiva en las regiones arábicas, a más de 1000 metros de altura. Esas condiciones son las que le entregan su incomparable sabor, reconocido por la elite barista como sutil y delicadamente ácido, superior tanto en gusto como en calidad. 

Sus orígenes

Parte de la tradición cultural de las zonas arábicas del Medio Este era preparar café, como una forma de brindar una cálida bienvenida a los forasteros que visitaban sus ciudades. Hasta el día de hoy se consume entre los lugareños, siendo la bebida principal en festines y celebraciones como el Ramadan.

Aún así, la cuna que vio nacer al grano de café se remonta a la antigua Etiopía, donde hay registros históricos de su cultivo que datan incluso desde el siglo IX. Su origen, en realidad, está ligado a un curioso mito: Kaldi, un pastor de rebaños etíope, se dio cuenta de que cuando las cabras pastaban en un sector de arbustos en su campo, se comenzaban a comportar de forma más enérgica. En cuanto descubrió el origen de aquel fenómeno, se sorprendió. Los arbustos contenían unos extraños frutos similares a las bayas, de color rojo oscuro, lo que llamó su atención y decidió probarlos. Sin saber que este extraño fruto era grano de café arábico, experimentó al poco tiempo el mismo efecto que las cabras.

Decidió entonces llevar las bayas a un monje Islámico, residente del monasterio Abbot, quien consideró el misterioso fruto como profano, debido a la exaltación que provocaba. Un comportamiento tan extraño ameritaba quemar las bayas. El aroma que se desprendió de ese acto - una esencia tostada y amarga - terminó por agradar al monje, convenciéndolo de que la naturaleza de los granos no yacía en el inframundo. Después de un largo proceso de ensayo y error, los granos quemados fueron molidos y disueltos en agua, suceso que dio vida a la primera bebida energizante del mundo: una taza de café.

Poco a poco, los granos de café arábico se empezaron a comercializar en zonas aledañas del Medio Este y el norte de África, conquistando en el siglo XX toda Europa e incluso algunas partes de América del Norte.

¿Qué lo hace especial?

El grano de café arábico es uno de los más puros que se pueden encontrar en el mundo, a diferencia de los que se producen en Europa y en América Latina. Esto ocurre principalmente, como mencionábamos al inicio, gracias a las condiciones en que se cultiva, cosecha y tuesta. Sobre este último paso, el proceso puede hacerse en varios grados, derivando en una amplia gama de café de grano arábico. Los principales tipos son el Dimashq - hecho con granos asados al máximo -, el Ramallah - preparado con bayas tostadas en nivel medio y semillas de cardamomo - el Amman, igual que el anterior pero con granos asados oscuros; y el Riyadh, tostado suavemente hasta alcanzar un color dorado.

La magia del grano de café arábico no sólo está en su sabor. Proporciona otros beneficios para la salud, tales como disminuir el riesgo de diabetes, Alzheimer, enfermedades cardíacas e incluso cáncer. Estos efectos se atribuyen a la cafeína, la que siempre que no se consuma en exceso, puede generar grandes mejoras al organismo.

¿Cómo prepararlo?

A diferencia del café europeo, el arábico casi nunca se prepara con leche o crema, sino que con especias tales como el cardamomo, el ajo, el jengibre y el azafrán. Cada uno le otorga un sabor y aroma distinto al café.
Para prepararlo, se deben moler los granos de café y las especias que se quieran añadir hasta formar un harinilla. La cacerola que usan en el Medio Este para hervir el agua se llama Dallah. Sobre ésta se pondrá la mezcla, revolviendo mientras el agua aún hierve y no retirando del fuego hasta que se forme espuma.

El café arábico se suele servir en una pequeña taza especial llamada Finjaan, la que se llena sólo hasta la mitad, lo que no es problema porque, por lo general, se consume más de una.

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